Recuerdo un concierto, al principio de mi carrera, que parecía un éxito según todos los criterios que yo manejaba entonces. El público estuvo espectacular. La sala se llenó. La gente se quedó después para conversar, comprar merchandising y decirme cuánto le había gustado la actuación. Me fui de allí pensando:
Cuando terminé de sumar viajes, alojamiento, combustible, comidas, impuestos y todo lo demás que implica vivir de la música, la ganancia de aquella noche no se parecía en nada al pago que llevaba toda la noche celebrando. No había dado un mal concierto. Había tomado una mala decisión de negocio… y no me di cuenta hasta que ya había pasado todo.
Con la perspectiva del tiempo, no culpo a nadie. Nadie me engañó. Nadie intentó aprovecharse de mí. Como tantos artistas, sencillamente no tenía las herramientas ni el criterio empresarial para evaluar la oportunidad antes de aceptarla.
Es una lección que tuve que aprender más de una vez. También es la razón por la que estoy convencido de que debemos cambiar la forma en que preparamos a los artistas para una carrera profesional.
Durante generaciones hemos aceptado la precariedad económica como parte del relato del artista. La romantizamos. La llamamos pagar el derecho de piso. La llamamos pasión. Les decimos a los músicos jóvenes que sigan luchando, que sigan diciendo que sí, que sigan sacrificándose y que confíen en que algún día todo va a encajar.
A la industria musical no le faltan oportunidades. Según la Recording Industry Association of America (RIAA), los ingresos de la música grabada en Estados Unidos alcanzaron un récord de 17.700 millones de dólares en 2024. El streaming sigue creciendo. La música en vivo continúa siendo una fuerza económica considerable. Las nuevas tecnologías han hecho más fácil que nunca crear, distribuir y promocionar el propio trabajo.
Y sin embargo, la sostenibilidad financiera sigue siendo esquiva para muchos músicos en activo. Según la encuesta Wellness in Music 2025 de MusiCares, la salud financiera y la estabilidad de los ingresos siguen estando entre los mayores desafíos de los profesionales de la música.
No es por falta de talento. Tampoco por falta de ganas de trabajar. Por mi experiencia, los músicos están entre las personas más trabajadoras que uno pueda conocer. Viajan de noche por carretera, cargan su propio equipo, tocan tres sets, duermen cuatro horas y al día siguiente lo repiten todo, porque aman lo que hacen.
Hemos llegado a ser muy buenos enseñando a los artistas a crear, pero somos tremendamente irregulares a la hora de enseñarles a construir carreras sostenibles. Enseñamos composición, trabajo escénico, grabación, marca personal, promoción y redes sociales. Lo que casi nunca enseñamos es a evaluar una oportunidad como una decisión de negocio.
Un pago más alto no significa automáticamente un mejor concierto. Una agenda llena no significa que estés construyendo un negocio sólido. Una sala agotada puede seguir dando pérdidas una vez que se contabilizan los viajes, el alojamiento, el equipo técnico, las comisiones, los impuestos, las comidas y todos los costos ocultos de la música en vivo. Estar ocupado no es lo mismo que ser rentable.
Mi cofundador, Gary Arbuthnot, y yo aprendimos esa lección a lo largo de décadas sobre el escenario. Entre los dos hemos trabajado en Broadway, en salas de concierto, a bordo de cruceros, con orquestas y en teatros de todo el mundo. Hemos visto a artistas con mucho talento decir que sí llevados por la emoción o el instinto, simplemente porque no tenían de antemano la información que necesitaban.
Eso no es un defecto personal. Es un problema de información. Los artistas no deberían tener que convertirse en contadores para construir carreras sostenibles. Pero sí merecen acceder al mismo tipo de inteligencia de negocio en la que se apoya cualquier otro emprendedor.
Los artistas también son emprendedores. Cada actuación es una inversión de tiempo, dinero, reputación y energía creativa. Cada oportunidad merece evaluarse con el mismo cuidado que cualquier otra decisión de negocio. No todos los conciertos deben juzgarse solo por su rentabilidad. Algunos valen la pena por el público, por los vínculos que generan o por las puertas que pueden abrir. Pero eso deben ser decisiones tomadas a conciencia y no sorpresas caras.
Gary y yo terminamos creando GigLogic porque estábamos cansados de aprender esas lecciones cuando ya era tarde. Queríamos una manera mejor de entender la economía de un concierto antes de comprometernos.
Pero esta conversación va mucho más allá de una herramienta. Se trata de cambiar la cultura que rodea a las carreras creativas. Se trata de darles a los artistas permiso para pensar como emprendedores sin pedirles que dejen de pensar como artistas. Se trata de ayudar a los músicos a entender que hacerse buenas preguntas de negocio no le resta nada a la creatividad. La protege.
No esperamos que los arquitectos pidan perdón por ganarse la vida. No romantizamos a los contadores que no llegan a fin de mes ni celebramos a los abogados que pierden dinero con cada cliente. Damos por hecho que un profesional tiene derecho a entender la economía de su trabajo. Los artistas merecen ese mismo respeto.
Si queremos carreras más sanas, comunidades creativas más sanas y una industria musical más sana, tenemos que dejar de tratar la incertidumbre económica como algo inevitable de dedicarse al arte.
El talento merece sostenibilidad. La pasión merece un plan. Ya es hora de dejar de enseñarles a los artistas que la precariedad es parte del oficio y empezar a darles el conocimiento necesario para construir carreras que duren.
Ya es hora de jubilar la idea de que pasar apuros económicos demuestra autenticidad artística.
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Craig A. Meyer es fundador de GigLogic, veterano artista de gira y creador, productor y protagonista del espectáculo de gira internacional Remember When Rock Was Young – The Elton John Experience.