Antes de una actuación nocturna en el Bamba Restaurant de Nairobi, la música japonesa Anyango Nyar Japan repasó el recorrido que la llevó de Tokio a la Siaya rural y, finalmente, a escenarios de todo el mundo como guardiana de la tradición luo del nyatiti.
Sentada en un taburete bajo, en la postura que le enseñó su difunto maestro, el gran intérprete de nyatiti Okumu K’Orengo, dejó que el instrumento acústico asentara su voz antes de pasar a una versión eléctrica modificada. El cambio resumía una carrera construida sobre la convicción de que la innovación debe brotar de raíces tradicionales profundas.
De Tokio a Siaya
El camino de Anyango empezó a miles de kilómetros de Kenia. Cautivada por el sonido del nyatiti, viajó a la zona rural de Siaya y pasó allí un año inmersa en la lengua, las costumbres y la vida cotidiana de la comunidad luo. Como cuenta en su autobiografía, Anyango Nyar Siaya (Nyatiti Queen), dominar el instrumento era inseparable de entender a quienes lo habían custodiado durante generaciones. Antes de que K’Orengo, ya fallecido, aceptara enseñarle, tuvo que ganarse la confianza de la comunidad cuyo patrimonio musical había ido a estudiar.
La lengua como recipiente del significado
Para Anyango, aprender dholuo nunca fue un simple ejercicio académico ni práctico. Fue el umbral en el que la música dejó de ser algo que tocaba para convertirse en algo que comprendía. Las letras cargaban significados que se resistían a la traducción directa, y las expresiones reflejaban vínculos con la tierra, los antepasados y la comunidad.
«La cultura es nuestra identidad. Sin identidad, no podemos vivir de verdad.»
Habla de la lengua en términos casi espirituales. «La lengua es espíritu. La lengua es historia. La lengua es la esencia. Si no hay lengua, no hay espíritu.»
Esa convicción moldea su mirada sobre la inteligencia artificial en los campos creativos. No rechaza la tecnología de plano ni la considera una amenaza en sí misma. Lo que le preocupa es la tendencia creciente a desligar la creación de las experiencias culturales que le dan sentido. La IA puede generar melodías, imitar voces y asistir en la producción artística, reconoce, pero no puede heredar la lengua, la memoria ni las realidades vividas que dan profundidad a la música. Eso sigue siendo humano, sostenido por comunidades y transmitido de generación en generación.
Competencia musical y competencia cultural
Su actuación demostró tanto dominio técnico como soltura interpretativa. Formada en el jazz, amplió el lenguaje armónico del nyatiti mediante una improvisación medida, extendiendo su rango tonal sin alterar su identidad. La innovación surgió de la tradición en lugar de imponerse sobre ella.
Esa doble competencia entronca con la filosofía de Tabu Osusa, productor, autor y fundador keniano de Ketebul Music, que trabaja estrechamente con Anyango desde su llegada a Kenia. Osusa distingue entre la competencia musical, que abarca el ritmo, la armonía, el fraseo, la dinámica y el juego de conjunto, y la competencia cultural, que exige entender las historias, las lenguas y los contextos sociales de los que nace la música. La obra de Anyango encarna ambas.
Llevar los sonidos de África Oriental hacia fuera
Años de conciertos por África, Europa, Japón y Norteamérica le han dado a Anyango una visión lúcida de cómo viajan las tradiciones musicales. Observa que, mientras los géneros de África Occidental y Austral han alcanzado una notable visibilidad internacional, buena parte del patrimonio cultural de África Oriental sigue infrarrepresentada pese a su riqueza y su diversidad. Compartir esas historias, esas lenguas y esas tradiciones con seguridad y constancia es, sugiere, el camino a seguir. Cada actuación pasa a formar parte de ese esfuerzo más amplio por acercar al público los mundos culturales que hay detrás de la música.